¿ACASO ERES TÚ UN «UNGA-UNGA»?

ALARMA: aviso a navegantes despistados o peligrosamente confiados:

«Si naciste antes de los 80, y no digamos durante las décadas babyboomers, quizá no sepas que eres un firme candidato a ser un UNGA-UNGA. Estate, pues, bien atento, chaval».

Con el insultante empuje de la juventud de nuestro tiempo, el otro día mi hija menor me espetó, tras un comentario comedido por mi parte sobre ciertos excesos del actual feminismo radical, aquello de «papá: tú también eres otro unga-unga».

No se trataba de una pregunta ni de una discrepancia, ni tan siquiera con la intención para dar cabida a una saludable discusión, sino de una sentencia condenatoria firme sin dejar espacio alguno a la presunción de inocencia.

Como era de esperar, de entrada, me quedé totalmente noqueado sin poder de reacción ante el término de marras, pero más especialmente por su mirada picuda de velociraptor a punto de tomar su desayuno mañanero. ¡Esa es mi chica!

Pero vayamos por partes, tal como le gustaba a Jack el Destripador.

La primera reacción de nuestro cerebro e instinto defensivo, es la de buscar en nuestro conocimiento acumulado durante años ese archivo que nos dé las nociones precisas para responder de forma adecuada a cualquier estímulo externo, y así poder interactuar y evitar el desconcierto de un not found.

Tarzán unga-unga
Tarzán y su curiosa y simple familia: él mismo, Jane, Boy y por supuesto la mona Cheeta.

Así, desempolvando viejos recuerdos que creía definitivamente enterrados, me vino a la memoria aquellas viejas películas en blanco y negro de Tarzán, protagonizadas por Johnny Weissmüller, en las que unos porteadores negros sin muchas luces iban correteando de un lado para otro sin sentido al grito de «andaua-andaua», con el resultado final de que, ¡zas!, al más estúpido de todos ellos, al último, se lo jalaba un león que siempre pasaba por allí.

Aquellos pobres sujetos, según mi conocimiento acumulado, deben ser mis primeros «unga-unga».

Ahora, de vuelta al bien ya entrado el siglo XXI y en pleno mundo digital dominado por los ingenieros, dejando de lado al musculoso y campeón olímpico de natación Weissmüller, ser un «unga-unga» significa que eres una mezcla heterogénea y variable de masa cavernícola y de patán, de retrógrado y antiguo, de racista, de machista y de homófobo… pero que encima se viste mal y que huele a esencia de Barón Dandy o a otras cosas dudosas por el estilo.

Y lo que es peor de todo: QUE NO SE DEPILA. Porque básicamente, se trata de hombres, claro está.

Algunos términos, de los cuales, ni mi hija ni sus jóvenes amigos instagrammers dudo que sepan calibrar en todo su significado y su justa medida, pero que en todo caso les deja muy bien parados en sus redes sociales.

Particularmente siempre he sido de la firme opinión del incalculable valor y del papel de la mujer desde que existimos como especie, y como nuestra parte masculina de la humanidad ha subyugado, minimizado y castigado de forma inmisericorde a nuestras eternas compañeras de viaje, siendo precisamente nuestra actitud el mayor genocidio conocido.

Ahora todo está cambiando generalmente para bien, pero nosotros, los hombres, también formamos parte de la solución y no tan solo el mal bicho a exterminar.

millennials

Los miembros de las generaciones «millennials» o «post-millennials» los podemos denominar también de forma inequívoca como las de «LOS OFENDIDOS».

Porque reaccionan de manera negativa ante cualquier atisbo de contrariedad, discrepancia u opinión diferente de sus ideas, pensamientos y creencias dominantes en su mundo digital cada vez más viralizado.

Nosotros, los que pertenecemos a esta «generación puente» que estamos sufriendo los mayores cambios de la humanidad (el paso de la peseta al euro, de la máquina de escribir al smartphone, del fax a las redes sociales…), nos choca profundamente la falta de tolerancia de nuestros vástagos cuando presumen precisamente de ello en un entorno en que se prima ser «políticamente correcto» en manada a golpe de tuit.

Una revolución tecnológica de insospechadas consecuencias que está provocando enormes cambios de todo tipo a nivel global: culturales, sociales, económicos, demográficos… que necesitaremos llevar lo mejor posible, disminuyendo sus inconvenientes y aprovechando sus enormes ventajas.

Nosotros, los de mi generación, que venimos del mundo de la obediencia y del respeto a los padres, ahora, si te descuidas un poco, nos convertimos en siervos de nuestros hijos.

Nos toca pues, sacar nuestra mejor muleta para conversar de forma inspiradora con ellos, con paciencia, con mucha paciencia, pero con el respaldo y todo el bagaje de algo que ellos no tienen, y cuyo único secreto está la edad: LA EXPERIENCIA.

La buena noticia es que ser un «UNGA-UNGA» suele ser un estado transitorio, porque igual que entras, sales.

Es lo que tiene el estar dependiendo de las hormonas revolucionadas de nuestros chicos en un mundo cada vez más digitalizado y loco.

En fin, como dicen en Argentina una y otra vez: «Es lo que hay».

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