CAPERUCITA ROJA vs CAPERUCITA AZUL

Hace pocos días, la dirección de una escuela de primaria de Cataluña, ha decidido retirar de su fondo bibliotecario un 30% de títulos y cuentos infantiles por considerarlos «sexistas»

Así, de este modo, títulos tan entrañables como la «Bella Durmiente» y «Caperucita Roja» han desaparecido de sus estantes.

Falta por saber, que todo pudiera ser en estos nuevos tiempos que corren, si terminarán por arder en una pira digital bajo la atenta supervisión de esos nuevos inquisidores de lo estúpido y de lo notorio.

Para algunos insensatos, todo es válido con tal de eliminar cualquier vestigio del pasado, del tipo que sea y con la forma que tenga, que no fomente la igualdad entre géneros. Incluso sin el menor temor en caer en el más espantoso de los ridículos, como en aquel caso reciente del movimiento navarro contra el maltrato animal exclusivamente hembra.  

Todos aquellos que leen más allá del «Marca», saben que los cuentos clásicos buscaban esencialmente tener un sentido moralizante, satírico o crítico en épocas realmente difíciles para la lírica. Y, sobre todo, para la vida.

En el caso de «Caperucita Roja», Perrault allá por el siglo XVI, cuando adaptó a la palabra escrita este cuento de origen popular y tradición oral, intentaba prevenir y advertir a las niñas y jóvenes de los peligros de acercarse a los desconocidos. El final de entonces era que el lobo se comía a Caperucita y punto. Bien duro, pero cierto como la existencia misma en aquel tiempo de andares peligrosos en soledad y a oscuras por los cuatro costados.

caperucita roja en el bosque
Imagen clásica de Caperucita Roja caminando por el bosque hacia la casa de su abuela.

Más tarde, los hermanos Grimm pusieron el negociete en marcha. Dulcificaron el término de la obra, y entonces el malvado y perverso lobo recibía su merecido. Un acabose este, sea la verdad dicha, que siempre me pareció muy forzado y precipitado, como el de esa buena película que se la termina cargando un mal desenlace. Pero aquí el objetivo ya era otro: buscar ese final feliz y justiciero que todos siempre esperamos ver y experimentar en nuestro interior. Es más vendible.

De forma mucho más tardía, aquí en casa y durante el franquismo, hubo una versión de «Caperucita Roja» que se transformaba en «Caperucita Azul» por el mágico y sorprendente toque de un hada del «Movimiento». No digo más…

… Porque no encuentro ni palabras, ni atajos, ni medios,… O como diría mi hija: «me faltan emoticonos»

Hoy incluso, en un país tan avanzado y contradictorio como son los Estados Unidos de América, el cuento de «Caperucita» está vetado en algunos colegios por entender que incita al consumo del alcohol. La causa: transportar dentro de la cesta que lleva a su abuelita una botella de vino.

Por lo visto, tampoco tenemos aquí la patente de la idiotez. Al menos es un consuelo tonto exclusivo para tontos, pero un consuelo a fin de cuentas. Aquí, el problema no es la calidad de los tontos, sino de su cantidad. Todo un reto estadístico al que le falta una buena gráfica.

Eso sí, a los del otro lado del charco, el hecho de tener la posibilidad de comprar un fusil a los 18 años de edad y de poder liarla bien parda les parece más protector y lógico que no permitir el consumo legal de alcohol hasta llegar a los 21.

Hoy no sería nada raro que alguien presentará ahora una nueva versión del manido cuento. Practicar política correcta creo que le llaman ahora.

En ella, Caperucita podría ser una instagrammer de moda, la Abuelita una apasionada animalista, el señor Cazador un recién salido del armario, y, finalmente, el Lobo Feroz, un fervoroso vegano.

Sí, como en aquella película animada de «Buscando a Nemo», en la que aparecían aquellos simpáticos tiburones rehabilitados, que a pesar de toda esa capa de barniz de civismo y de buena gente, finalmente a uno de ellos, le traicionaba la fuerza indómita e innegable de su propia naturaleza.

Todo esto puede estar hasta bien, y para gusto están los colores, pero también hay que saber aceptar y probar otros sabores, te gusten o no.

El verdadero problema está cuando alejamos a nuestros hijos, sobrinos y nietos de la vida real. Un exceso de protección y de tutelaje parental y social mal entendido que nada tiene que ver con un entorno agresivo y competitivo.

Guarecerlos dentro de una débil burbuja imaginaría, transparente y frágil, nos es desde luego la mejor idea, porque, tarde o temprano, estallará en mil pedazos y no estarán para nada listos. Futura carne de cañón para sicólogos, nuevas enfermedades y para las filas del paro. Estamos fomentando la mala educación.

Estos buenos deseos no hacen personas mejor preparadas y más felices en el futuro. Su efecto perverso es más bien todo lo contrario. Porque en esta época de los FALSOS PREMIOS, nunca se valora lo que no cuesta sacrificio. ¿Cuántas veces hemos visto, de forma creciente, que se haga lo que se haga y se diga lo que se diga, al final consiguen salirse con la suya?

Adaptar y edulcorar la vida sirve para bien poco, porque la cruda realidad te espera pacientemente, bien agazapada, durante cualquier parte del trayecto de tu andar existencial.

Con el «PROHIBIDO ASUSTAR A LOS NIÑOS» y «ATENCIÓN: NO CASTIGAR, NO TRAUMATIZAR», evitamos que aquellos se enfrenten con posibilidades de éxito a la vida en mayúsculas. Y cada vez más a unas edades y estaturas mucho más allá de lo normal. Y cuanto más grueso es el tronco y más fuertes sean las raíces que lo sustentan, mucho peor para el futuro inmediato.

Alejarlos de un mundo donde existe, para bien o para mal, el conflicto, la decepción, el dolor y el llanto, es privarlos de ese aprendizaje continuo que es cometer errores y sufrir sus propios fracasos. Y de paso, les quitamos el sabor maravilloso de valorar el éxito personal tras el esfuerzo.

Igual que ha ocurrido con nuestro viejo cuento de «Caperucita Roja» en su constante devenir, también la vida ha cambiado de muda, quizá más en la superficie que en el fondo, pero es una realidad que ha llegado para quedarse.

caperucita friki
Nuevos tiempos y nuevos papeles que interpretar para todos.

Tal vez, a fin de cuentas, lo mejor es ser conscientes de que todo está cambiando de nuevo. Porque, incluso, nuestro cuento tiene ya una nueva versión, el de «Caperucita Feroz», siendo el Lobo precisamente el menos peligroso de todos los personajes.

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