JOHN LENNON Y CATALUÑA (2)

John Lennon Ringo Star Almería

… Ahora, 50 años después.

Desde aquel encuentro casual, ha pasado mucho tiempo y grandes y pequeñas cosas han cambiado en nuestro país. Y mucho, por cierto.

La Dictadura llegó a su fin y, en un periodo llamado La Transición, una savia fuerte y determinada de jóvenes políticos, con un rey con visión de futuro, nos llevaron a la senda de nuestro destino europeo gracias a la Democracia.

Hubo que llegar necesariamente a acuerdos ponderados y a puntos intermedios de coexistencia, a una especie de reconciliación nacional que ahora, inclusos algunos, ponen en duda.

Años especialmente difíciles fueron los 80, dónde poco a poco se tuvo que ir desmontado toda la estructura del régimen anterior. Un ejército sobre dimensionado y nostálgico de la vida cuartelera y de tiempos mejores (intento de golpe de estado del 23-F); la lacra social de las bandas terroristas (con ETA a la cabeza);  y muy especialmente aquella difícil reconversión industrial de aquellas estructuras y empresas obsoletas (otrora orgullo del franquismo) que eran inviables en una nueva España abierta al mundo.

Los dos principales partidos se alternaban en el poder y, para sorpresa de algunos, ni se volvieron a quemar iglesias ni a perseguir a los que pensaban de forma diferente.

unión europea
Un gran día: 12 de junio de 1985, firma de Tratado de Adhesión a la Unión Europea.

Y nos incorporamos a la Unión Europea de pleno derecho aquel lejano año de 1986. Un hecho de gran y vital importancia para saber y conocer adonde hemos llegado hasta hoy.

Habíamos madurado como país y éramos un referente internacional con nuestra trabajada y buena Transición, con aquellos padres fundadores que nos dieron la Constitución de 1978.

Gracias a este inusual y próspero período de paz de nuestra historia reciente, hemos logrado ser mejores y más solidarios en general.

La gente más necesitada y pobre del país no tenía el porqué ya emigrar necesariamente a la capital o a la periferia más rica e industrial, tal como había ocurrido en tropel durante los años sesenta y setenta.

Aquel garrulo, inculto y matón de nuestro film, seguramente dejó atrás sus cuatro tomateras y sus pocas gallinas flacas y secas para tomar rumbo a otro destino, seguramente Cataluña. Allí se incorporaría a una de las muchas fábricas del cinturón industrial de Barcelona. Trabajaría duro, pero tendría esperanza. Se casaría y formaría una familia allí en su nueva tierra de acogida. De vez en cuando, a la larga, iría al pueblo de visita, pero poco más, porque el billete terminaría siendo siempre de ida y vuelta.

Y llegaron las Autonomías…

Hoy en día, Almería ya no es aquella tierra de las tres cosechas (para bien y para mal) ni de la fuente dónde manaban constantemente los emigrantes que engrasaban y enriquecían la maquinaria del progreso de otras regiones como Cataluña.

Gracias al pundonor de sus gentes y a la solidaridad entre territorios (también en lo europeo), hoy por hoy se ha convertido en esa despensa nacional y europea con una agricultura intensiva pujante, reconocida y rica. Pero también en una creciente industria turística y de servicios que ha permitido a sus habitantes quedar fijados en su amada tierra para seguir creciendo.

Esta es la existencia de una España que, con sus diferencias, es igualitaria y solidaria.

Sin embargo, los antiguos y viejos problemas del pasado se atisban como un tsunami que puede poner en peligro este equilibrio.

El provincianismo, la ceguera ante un mundo cada vez más globalizado y un nacionalismo mal entendido y explicado, pero especialmente pésimamente liderado por unos zorros disfrazados de ovejas, amenazan con dar al traste con todo.

Cuando una mentira, de tanto repetirla, se convierte en verdad.

Hay mitos y certezas que se amplifican y se deforman interesadamente. Errores y abusos los hay y deben ser erradicados en función de una correcta gestión y un control efectivo. Hay que ganar en transparencia.

La historia y los hechos son los que son, nos gusten o no. El cambiar el orden de las cosas y su contenido, nos arrastran hacia la mentira y a un odio irracional  en favor de oscuros intereses.

Lo más chocante de todo es observar, de forma perpleja, como son precisamente aquellos hijos y nietos de emigrantes de hace más de cuarenta años, quienes abanderan con más firmeza y arrogancia la bandera del separatismo. Movimiento este que tiene como argumentario demagogo y simplón atacar precisamente a sus orígenes, a sus apellidos y, tristemente, a su propia sangre.

He estado en Cataluña en numerosas ocasiones. Tengo grandes amigos allí. Disfruto de su más que interesante gastronomía. Es gente trabajadora y emprendedora. Y lo cierto es que siempre me he sentido como en casa.

PobletHe visitado el Monasterio de Poblet, con el Panteón Real de la Corona de Aragón. He estudiado su historia. Conozco bien su lengua y aprecio su cultura.

¿Qué son diferentes al resto de españoles? Sí, pero del mismo modo que es distinto un señor de Pontevedra a un gaditano, y por eso no dejan de ser ambos ciudadanos de España.

En una ocasión, hace ya varios años, durante una cena en solitario en el restaurante Reina del carrer Mallorca de Barcelona (precisamente regentado por un madridista), presté atención a la conversación de la mesa vecina. Porque al final, la sabiduría y la verdad están siempre en la calle.

Allí estaban sentadas tres personas. Una chica joven que afirmaba con total sinceridad que no se sentía para nada española, y un señor de más edad (que por la forma de hablar no era su padre), le rebatía que vivíamos en un mundo cada vez más pequeño y que, en definitiva, uno podía ser dos cosas a la vez sin ningún tipo de problema: catalán y español.

Dos posiciones enfrentadas pero tratadas con respecto mutuo, ese que parece ahora que se ha perdido en esa fabulosa tierra que es Cataluña, mal tripulada por unos personajes que parecen sacados del camarote de los hermanos Marx.

A mi entender, tampoco el gobierno de España ha hecho bien su parte durante décadas. Muchos han sido los errores continuos en un sistema autonómico que empieza a hacer aguas como el mismo Titanic.

Entre las virtudes de nuestro actual presidente del gobierno no destaca precisamente su velocidad y el tomar el toro por los cuernos. ¿Quizá será porque es gallego, y, por lo tanto, no lo puede evitar? Difícil la papeleta que tiene, pero algunos problemas no se solucionan solos. Y se echa en falta una más que necesaria visibilidad que siempre le faltó a este hombre.

Y un pelín de mayor sensibilidad para los que, como un servidor, viven en la periferia y en ocasiones nos sentimos tratados con cierto paternalismo.

En otro lado, tenemos al ejército de Pancho Villa. Un (Ex) President que está en fuga con su reducida corte de prófugos a gastos pagados, un (Ex) Vice-president que sigue en la cárcel y unos socios anarquistas que son muy poco de fiar. (Los llamados antisistemas que viven ahora precisamente de él).

Ojalá cuando salga este post, esté todo en vía de solución, pero las heridas son tan profundas, que será una senda difícil pero necesaria de recorrer.

Pero la pregunta que nos debemos plantear es la siguiente:

¿Queremos volver a la época de cuando John Lennon visitó España, aquel país pobre y retrasado, o por el contrario, queremos mantener y seguir mejorando todo lo que ahora tenemos y disfrutamos?

Volver tan atrás no será posible ni necesario, pero es importante arrancar siempre desde una zona cero, un punto de partida, que nos permita tener esa visión en perspectiva para analizar dónde estamos ahora.

Seamos inteligentes y hablemos del mundo real. Nadie sobra aquí y todos somos necesarios. Que los políticos de cercanía no envenenen nuestras mentes contra nuestro vecino de al lado. ¡Ya está bien de una vez para siempre!

El manido eslogan de «Espanya ens roba» es también trasladable a un «Lleida ens roba» en el caso de un barcelonés, ¿no? Y por supuesto, dentro de la misma ciudad condal, hay barrios y barrios. ¡Y caramba! dentro de mi comunidad de vecinos, seguro que el del primero paga más impuestos que el de tercero. ¿Pensamos que este último también «ens roba?»

En Alemania hay un total de 16 länders, pero realmente son cuatro los que aportar la mayor riqueza. Lo mismo ocurre en los Estados Unidos, dónde ambas costas, y unos pocos estados más (como Texas o Illinois) hacen del país en su conjunto la gran potencia que es.

Un gran banco español, con su sede en una gran ciudad, liquida sus impuestos allí, pero la mayor parte del negocio lo realiza en su tupida red de oficinas en todo el territorio nacional. Por lo tanto, todos participamos de todo, ¿no?

¡Seamos serios de una vez por todas!

Un país equilibrado y rico, siempre es mejor para el conjunto, del mismo modo que lo es la clase media para cualquier sociedad avanzada, puntera y sostenible.

El señor de Almería, que tiene un sueldo suficiente porque produce y vende sus hortalizas en Cataluña, podrá a su vez comprar un coche fabricado en Martorell. Y ese operario de la SEAT podrá, con su paga extra, ir de vacaciones a Alicante. Y a su vez, el currito de la terreta, dispondrá de un dinerito para ir a ver su hija que está estudiando en Madrid…

Ningún tonto tira piedras a su propio tejado… ¿O sí?

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John Lennon y Cataluña (1)

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JOHN LENNON Y CATALUÑA (1)

John Lennon Almería

Cuando Antonio le ofreció a aquel niño de aspecto harapiento y menesteroso un más que valioso balón de fútbol fabricado en cuero, aquel le espetó:

– Gracias señor. Y para comer, ¿qué?

La cara de Antonio, ese voluntarioso profesor de inglés adelantado a su tiempo, se quedó inmóvil durante unos escasos pero largos segundos, hasta que, reaccionado de una forma un tanto atolondrada, sacó unas monedas de su bolsillo y se las entregó al rapaz que estaba esperando con determinación al otro lado de la ventanilla de su coche.

Éste sonrió, y se largó feliz con su escaso pero valioso botín bien preto en su minúsculo puño.

Antonio quedó al desnudo cuando realmente esperaba otra respuesta, dándose de bruces con un estado de las cosas del lugar y de sus gentes que nada tenía que ver con el sueño motivo de su periplo por una tierra casi yerma, atrasada y sin oportunidades.

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EVEREST 1996: LA TORMENTA PERFECTA.

Escalar Everest

Cuando los agoreros, a tiro pasado, se convierten en falsos profetas.

Se habló mucho de la rivalidad entre ambos líderes de ver quien era capaz de llevar el mayor número de clientes y en menos tiempo a la cumbre, como forma de promocionar sus propias empresas y egos. Pero lo cierto es que acordaron colaborar durante una reunión previa, lo cual era bueno y acertado, si bien cada cual defendía sus propios intereses. Por lo tanto, fueron otras las causas relevantes que provocaron la catástrofe.

Expedición comercial Rob Hall
1996: el equipo de la expedición de Adventures Consultants de Rob Hall

La falta de preparación de gran parte de los clientes fue un gran y grave problema, provocando una lentitud y una pérdida de energía para todos los expedicionarios, que fueron letales en el momento del descenso. Se intentó compensar esa falta de experiencia con guías y sherpas adicionales, pero cuando se está allá arriba, todo depende de uno mismo.

En la denominada zona de la muerte, en el C4 a 8.000 metros de la cumbre, el género humano se empecina en machacar su propia biología.

Allí, a esa altura, no puede existir forma de vida alguna. El oxígeno es tan tenue que la degradación del cuerpo es irreversible sí se está demasiado tiempo allí. Antes de llegar a esta línea roja, nuestros órganos sufren y se van aclimatando al cambio de altitud, pero a partir de los 8.000 metros, se rinden y dicen “basta”. Se pierde todo vigor y el sentido de la orientación desaparece junto con la aparición de una euforia con la conciencia de un niño de 6 años. Nada recomendable en esas condiciones. La hipoxia o falta de oxígeno y sus consecuencias (edemas) son y eran bien conocidas entonces, pero nadie quería quedarse atrás.

A partir de esa altitud, la cruda realidad es cada uno debe de valerse por sí mismo y el hecho de ayudar a un compañero puede acarrear la propia muerte.

No hay más que observar los cadáveres que permanecen allí como testigos tras décadas de abandono y que nos son factibles recuperar.

Y el problema no es llegar, sino cuando se llega y cuando se desciende. Todos sabían que la hora límite para alcanzar la cumbre principal eran preferiblemente las 13:00 horas (con tope a las 14:00) y que sí llegado ese tiempo la misma no había sido hollada, había que darse tristemente la vuelta tras un agotador esfuerzo de más de 10 horas de escalada, donde la falta de oxígeno y el mal de altura hacen que cualquier movimiento se ralentice y se convierta en un suplicio agotador.

Con temperaturas extremas por debajo de lo -40 grados centígrados, las noches al raso y sin referencias visuales claras son una trampa mortal.

Escalón de Hillary
Un último escollo: salvar el escalón de Hillary.

Lo cierto es que muchos llegaron demasiado tarde, incluso con varias horas de retraso, por lo que los graves problemas estaban garantizados. La falta general de tablas de los clientes, la larga marcha ralentizada, algunos problemas de salud, el gran tráfico existente ese día 10 de mayo de 1996 – especialmente en el llamado “escalón de Hillary” -, la falta de cuerdas/guías en puntos clave y una repentina y violenta tempestad prevista para el día siguiente, sellaron el destino de muchos sin remisión, incluidos el de los dos líderes de ambas expediciones.

Dos formas enfrentadas y antagónicas de entender la escalada.

Pero también se puso de manifiesto como el egoísmo y el desprecio desempeñaron un papel crucial. Cuando algunos clientes fueron advertidos que tenían que regresar sin haber llegado a la cima porque se cerraba la ventana de seguridad, no lo hicieron y perseveraron en el intento a costa del sacrificio de otros. Y en el fondo, algunos guías experimentados, despreciaban la actitud de quienes pagaban su nómina, porque pensaban que el dinero allá arriba no tenía valor y que la montaña te tenía que merecer antes por lo que eras, no por lo que tenías.

Cuando lo arriesgas todo y no miras atrás ni valoras todo lo que puedes perder tanto tú como todos aquellos que te quieren y te necesitan.

Cuando la polémica está servida: pasando de villano a héroe.

En su libro «Mal de altura«, el expedicionario Jon Krakauer induce como el mejor himalayista del momento, el kazajo Anatoly Boukreev, cometió el error de ascender sin oxígeno, lo cual motivó que no estuviera más fresco para poder ayudar a los clientes en dificultades. Cuando se desató la tormenta que sorprendió a muchos en el descenso, perdiendo la visibilidad y la orientación, salió de su cobijo hasta que no pudo más y, a riesgo de su propia vida, rescató hasta a tres personas que estaban sentenciadas.

En su libro «Everest 1996. Crónica de un rescate imposible, Boukreev se defendió con su versión de los hechos y Krakauer terminó por disculparse. Lo cierto es que ninguno de sus clientes murió aquel día. El kazajo perecería en 1997 intentando la ascensión del Annapurna.

«Las montañas no son estadios donde satisfago mi ambición de logros, son las catedrales donde practico mi religión. Yo voy a ellas como las personas van a la oración. Desde sus majestuosas cimas veo mi pasado, sueño el futuro y, con una inusual agudeza, experimento el momento presente… mi visión se aclara, mis fuerzas se renuevan. En las montañas yo celebro la creación. En cada viaje (a ellas) nazco de nuevo.» (Frase que figura en la lápida en recuerdo de Anatoly Boukreev, a los pies del Annapurna).

El Everest, siendo la cumbre más alta, no es ni la más peligrosa ni la más técnica y exigente de los catorce “ochomiles”, pero sí el trofeo más deseado.

También en 1996 tenemos el caso de Bruce Herrod, un conocido escalador, que no encontrándose nada bien, llegó a la cumbre empujado por la euforia que provoca la hipoxia a las 17:00. Y allí se hizo una foto sin saber que era ya un cadáver en vida.

Tras el grave fiasco de mayo de 1996, la gente ha seguido subiendo y muriendo por hacer cumbre en un absurdo que, poco a poco la codicia del hombre, se ha ido encargando de hacerle perder el glamur de antaño.

Cuando llega el dinero y la masificación, también desaparece el interés y la sensación de exclusividad.

campo base Everest
Masificación en el campo base del Everest

En el circo del Everest todos sacan tajada, empezado por el gobierno nepalí, con el precio de las autorizaciones, y terminado por los mismos sherpas que, en plan corporativo, han llegado a hacer “suya la montaña” como medio de ganarse bien la vida, guiando a cualquier seudoalpinista a través de cuerdas fijas como si formara parte de un rebaño.

Y cuantos más mejor: mejor la cantidad que la calidad. De este modo, incluso los verdaderos profesionales que van por libre – y no pagan tanto – no son bien vistos.

Cima Everest
Objetivo alcanzado: en el techo del mundo.

La falta de caché que ha experimentado el ascenso, la masificación existente, la búsqueda de cualquier tipo de récord por absurdo que este parezca – ser el más joven en llegar a la cumbre o el más mayor, el primer discapacitado, el primer ciego… – la sensación de ser exclusivamente un puro negocio para turistas ricos, ha provocado en los últimos años una pérdida de interés por alcanzar el techo del mundo.

Incluso el gobierno nepalí ha rebajado de forma relevante el coste de los permisos. Es decir, hasta aquí ha llegado el “low-cost”. Y quizá sea demasiado tarde.

Hace unos meses asistí a una conferencia sobre alpinismo dada por el montañero vasco Alex Txikon. Mi gran interés era conocer en directo de que pasta está hecha esta gente y el porqué se juegan el tipo así.

Según explicó, ahora el objetivo es hacer cumbre en invierno, es decir, en condiciones más adversas aún y con menos horas de sol, lo cual ha conseguido hacer en el Nanga Parbat de 8.126 metros de altura en 2016. En estos momentos está preparando hacer lo propio en el Everest.

Realmente flipante.

Pero me quedo especialmente con sus últimas palabras: “allí arriba hay mucho talento pero poco grupo”.

Dicho de otro modo, cuando las cosas van mal, cada uno va a lo suyo sin importar el resto, tal como le ocurrió el británico David Sharp en el 2006 que, estando exhausto en el descenso, se detuvo y pasó la noche como pudo. Nadie le ayudo al día siguiente, a pesar de que pasaron por su lado más de 40 montañeros. ¿Por qué? Cualquiera que hubiera participado en el rescate se habría quedado sin subir al deseado Everest.

Todo realmente muy, pero que muy triste y lamentable: no cambiar un efímero momento de gloria personal, que no importa realmente a nadie, por intentar salvar una vida humana.

Así de penosa puede llegar a ser nuestro lado oscuro de la condición humana.

El Everest y la delgada línea roja.

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EL EVEREST Y LA DELGADA LÍNEA ROJA.

Himalaa Puesta de Sol

Cuando Jan Arnold, embarazada de su hija, habló vía satélite aquel fatídico 11 de mayo de 1996 por última vez con su marido, el también himalayista Rob Hall, era ya demasiado tarde. Con la suerte echada, entre palabras de ánimo y de arenga para intentar hacerle salir de aquel infierno blanco, la última conversación sonaba a una triste y definitiva despedida en directo: Te quiero. Que duermas bien, mi amor. Y no te preocupes demasiado.

Everest
Monte Everest desde su cara norte.

La pasión por la escalada los había unido y ahora los separaba para siempre.

Los días 10 y 11 de mayo de 1996 fueron especialmente aciagos para el mundo de la escalada de alta montaña: tres expediciones comerciales, dos de ellas comandadas por Scott Fischer y el ya citado Rob Hall, ambos experimentados montañeros que habían alcanzado la cumbre del Everest en varias ocasiones y que eran muy apreciados en aquel momento, fueron diezmadas durante el descenso del techo del mundo.

El éxito del ser humano en el planeta es una curiosa aleación entre la voluntad y el deseo de superación y la pasión por el riesgo irracional.

Hillary y Tenzing 1953
Hillary y Tenzing 1953

Desde el primer ascenso registrado allá por el ya lejano 29 de mayo de 1953 por los conocidísimos Edmund Hillary y Tenzing Norgay, la “Madre del Universo” (tal como se conoce la montaña en el Tibet) siempre se ha cobrado su propio peaje, pero nunca con tanta codicia hasta entonces. Un total de 8 personas perecieron ese día y otras más lo harían más tarde debido a sus graves secuelas.

Lo acaecido allí en la primavera de 1996 fue la suma de un cúmulo de decisiones humanas erróneas más el siempre decisivo factor de la mala suerte, tal como comentó la alpinista española Araceli Segarra, primera mujer de nuestro país en alcanzar la cumbre precisamente unos días más tarde de la tragedia y que participó en el rescate.

La imagen del alpinista, ese tipo duro, soñador y altruista, que escalaba por el placer de hacerlo, había dejado de existir como tal.

Ascensión al Everest el 10 de mayo de 1996

El llamado Desastre del 96 tuvo una enorme repercusión debido a la gran controversia que suscitaron las llamadas expediciones comerciales, donde importaba más el bolsillo y los caprichos de unos tipos mimados que la experiencia y la preparación de los clientes. Cuando el objetivo principal es ganar mercado, prestigio y dinero, nos estamos situando en un lado oscuro y peligroso que nos puede hacer saltar por los aires.

El best-seller “Mal de altura”, del periodista, escritor y montañero estadounidense Jon Krakauer, que estuvo también allí, formando parte de uno de esos grupos guiados, también relató y atizó el debate, desde su punto de vista, sobre las circunstancias que llevaron a la hecatombe.

¿Pero realmente qué falló en aquella funesta ascensión y posterior descenso del 10 de mayo de 1996?

Cuando la arrogancia, la soberbia y el egoísmo forman un cóctel muy peligroso cuando se juega al límite.

Los peligros eran bien conocidos. Los riesgos estaban ahí, permanentes pero cambiantes a la vez. Las normas y los protocolos eran claros y estaban para respetarlos. Los líderes y los guías eran los responsables de la vida de sus clientes y de las suyas propias.

¿Por qué entonces arriesgar lo más valioso, la vida misma? ¿Por qué ansiar, anhelar y desear fervientemente llegar a la cima, con el peligro de perderlo todo? ¿Por alguna recompensa especial? ¿Por algún tipo de promesa individual?

Llanamente «porque (el Everest) está ahí.»

Todos conocían la dureza y que ocurría en la llamada “ZONA DE LA MUERTE” a partir de los 8.000 metros de altitud. Los cadáveres, como mojones que marcaban la ruta, estaban ahí también como un cruel aviso de advertencia. Incluso, otra expedición, la internacional IMAX con la que se cruzaron, les advirtió que no lo tenían claro y que lo intentarían otro día. Pero siguieron subiendo obstinadamente. Prácticamente toda la parte que ponía el hombre, falló.

¿Qué empuja al ser humano, racional y preciso, a tomar riesgos descabellados?

Hace unas fechas vi el film Everest que versa sobre la catástrofe, cuya proyección avivó mi eterna curiosidad por saber más acerca de lo que empuja al ser humano, que presume de ser inteligente y lógico, a convertirse en un ente sin sentido, en busca de su propia perdición en función de una serie de desafortunadas decisiones en cadena que, sumadas al rugido feroz de una naturaleza en contra en un momento de lo más inoportuno, forman un cóctel idóneo para la tormenta perfecta.

Everest película
2015 Everest, la película. Puesta en escena de la tragedia.

Y como suele ocurrir en casi todas las desgracias, el lado oscuro del ser humano siempre puntúa a favor de las mismas. Cuando la pasión y el afán sano de superación dan paso al mercantilismo y a la cuenta de resultados, los problemas están garantizados. Todo es siempre cuestión de tiempo. 

Mi curiosidad es saber el porqué el hombre se empeña y se enroca en alcanzar objetivos y metas para los cuales no ha sido diseñado y cuya necesidad lógica es cero. Parece claro que la aventura y el riesgo forma parte de nuestro ADN. Y también está demostrado que, sin ese carácter emprendedor y hasta cierto punto arrogante, la humanidad no habría llegado hasta donde nos encontramos ni a existir en este planeta como especie dominante.

La pregunta, o mejor dicho, la certeza es saber dónde está la línea roja que separa el afán de superación de la simple locura, de separar los buenos propósitos del egoísmo puro y duro que envilece y saca lo peor de nuestra especie, incluso contra nosotros mismos.

Cuando triunfa la soberbia y se impone la falta de respeto por un exceso de confianza, estás retando peligrosamente al destino. Sí tus cartas son malas y la suerte no te acompaña, pero sigues adelante por más señales de aviso que recibas, estás perdido.

En lo personal, lo cierto es que nunca he realizado ningún deporte relacionado con el mundo de la montaña ni mucho menos con el alpinismo, pero por una extraña razón que nunca he logrado entender, siempre ha sido una actividad que me ha producido gran curiosidad y atracción.

Everest cima
Vista desde la cumbre del Everest. Se puede apreciar la curvatura de la Tierra.

El ser humano es una criatura llena de contradicciones que va más allá del ser vivo que es con su propio ciclo vital.

Nos gustan la seguridad y el calor de todo aquello que conocemos, nuestra zona de confort. Pero en nuestro interior, a muchos de nosotros nos pica la curiosidad y la adrenalina del riesgo. Y sí uno mismo no se lanza, terminamos por “delegar” en otros estos retos con observación, admiración y crítica.

Nos reconforta mirarnos en nuestros semejantes, tanto para los triunfos como para los fracasos. Somos seres que vivimos en grupo y nuestro éxito como especie, ha sido la necesidad que hemos tenido de apoyarnos los unos con los otros para sobrevivir e incluso para traicionarnos.

Nuestra conciencia de pertenecer al género humano, nos permite mantener una cierta conectividad muy especial.

Disfrutamos y gozamos con el éxito de otros, con los que nos identificamos. Pero también nos crecemos y nos ponemos exquisitos como censores y profetas a tiro hecho cuando las cosas no marchan tan bien.

Observamos, aplaudimos y criticamos constantemente en lugar de vencer la pereza de entrar en acción.

Cuando en 1969 vimos a Neil Amstrong pisar la superficie lunar a miles de kilómetros de distancia desde la comodidad de nuestro sofá, también una pequeña parte de nosotros estaba allí.

Cuando en 1972 Paquito Fernández Ochoa triunfó inesperadamente en Sapporo, su gran éxito era también un poquito nuestro.

Cuando Ángel Nieto era el dueño de aquellos circuitos de los años 70 y 80, también íbamos subidos en el carenado de su motocicleta jugando con “nuestros” rivales.

Y así con muchísimos ejemplos.

Pero cuando llega el fracaso o no se cumplen las expectativas, somos los peores mentores y preferimos mantener una prudencial distancia.

Con la enorme ventaja de la perspectiva que te da el tiempo transcurrido desde aquellos ya lejanos días de mayo de 1996, lo cierto es que no puedo dejar de mantener mi admiración por aquellos expedicionarios y la curiosidad de conocer sus distintas motivaciones que les llevaron hasta allí.

Prefiero pensar y centrarme en lo positivo: esa pasión que consigue que cada uno de nosotros seamos seres diferentes haciendo precisamente lo que hacemos por el simple hecho de hacerlo. Puede ser escalando ochomiles, cocinando nuestros propios platos o sencillamente cuidando periquitos. Esta es mi principal conclusión.

Cuando veo a mi alrededor que muchos desperdician gran parte de sus vidas carentes de metas propias y sin pasiones que les motiven, estando exclusivamente centrados en la servidumbre hacia los demás, siento verdadera lástima.

Como tampoco, para bien o para mal, dejo nunca de sorprenderme como las personas podemos ser seres tan extraordinarios como ordinarios y mezquinos.

Debe ser que todo forma parte de la denominada “naturaleza humana.”

Everest 1996: la tormenta perfecta.

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LA NAVIDAD: ESE PARQUE TEMÁTICO DEL MARKETING.

Regalos Navidad

La Navidad, una celebración y un concepto que presta mucho de sí.

Todo cristiano, en la amplitud del término, tiene presente la Navidad y los elementos religiosos y más tradicionales que la rodean. Incluso para los agnósticos y ateos, que no dejan de ser precisamente agnósticos y ateos cristianos, estas fechas están cargadas también de gran significado.

 La imagen de la Navidad con el Belén

Los valores de la Navidad son un compendio de buenas intenciones que suelen quedarse en el intento.

Paz, amor, amistad, solidaridad, reconciliación, generosidad… nadie podrá decir que estas palabras contienen maldad alguna o que sean perversas. Valores universales reconocidos y consensuados que en estos días recuperan su protagonismo, como si formaran parte de una puesta en escena en la que tenemos que cumplir con nuestra propia conciencia.

El verdadero espíritu navideño es devorado por esa especie invasiva que es el consumismo y esa pertinaz manía que tiene el marketing de meternos constantemente la mano en el bolsillo creando necesidades dónde no las hay.

Cuando vas a un centro comercial y te das cuenta de que es entonces cuando “precisas comprar» en lugar de ir allí exclusivamente cuando realmente lo necesitas, ALGO FALLA. Actuamos al revés, sin lógica y de forma irreflexiva. Sí es muy barato y no lo “necesitabas antes», es impulsivo y muy caro, por mucho que queramos auto convencernos.

La Navidad y el consumismoMi buen médico y amigo de la familia, Dr. Ciro, hace años que me comentaba que uno de los grandes problemas médicos de nuestro tiempo era la depresión. Enfermedad esta que siempre había estado ahí pero que se había venido arriba con la opulencia y la “falsa necesidad” de querer más y la frustración por lo no conseguido. “Una de las nuevas patologías de las sociedades avanzadas de nuestro tiempo”, decía.

Haciendo un segundo agosto en invierno.

Las empresas y sus equipos comerciales trabajan muy a fondo ese gran coto de caza sutil que representa para ellos la Navidad. Época de gran tirón del consumo y del consumismo en el cual nuestro dinero, el que tenemos y el que no tenemos (plástico, préstamos…) fluye como riada hacia las corporaciones para la mejora de su cuenta de resultados.

Los “genios del marketing», esos filibusteros de guante de seda, nos ven y nos tratan como una masa aborregada y nos inducen y nos conducen hacia el redil que más les conviene. Una jauría enloquecida de lobos hambrientos de sonrisas amplias y resplandecientes que compite ferozmente entre sí, para ver quien se lleva a la guarida el mayor número de piezas. Todo sirve. Todo es válido. Todo es posible.

En el mundo de la apariencia, la imagen lo es todo.

Personas famosas que nos muestran esa fragancia barata que nunca se pondrán; esa modelo que se coloca el no sé qué encima y que es tan irreal como todas las capas de retoque fotográfico que lleva encima; o ese tipo al que admirábamos porque era especial y que termina promocionando un producto de lo más ordinario.

En la falsa Navidad todo es doble: sumar y sumar, querer y querer y tener y tener.

Las empresas lo saben muy bien y el jugar con los sentimientos del espíritu de la Navidad siempre es un valor seguro.

Todo se enfoca hacia el consumo y el frenesí del gasto. Los alumbrados públicos, la música navideña, los escaparates comerciales, el bombardeo sin cesar de las cuñas publicitarias, los centros comerciales clonados, los estrenos de cine más esperados… Incluso crece el número de pedigüeños, que, apelando también al espíritu navideño, también hacen su campaña.

Como en todo, la Navidad no escapa al fenómeno de la globalización.

Primero fue ese tipo gordinflón vestido de rojo y de aspecto poco saludable, a pesar de todas las horas extra que echa. Luego nos metimos en la vorágine del mundo de las cenas interminables (trabajo, cole, gym, amigos, vecinos…), mal augurio para esos kilos extra que nunca se terminan de ir. Más tarde llegaron el Black Friday y el Cyber Monday para quedarse, esos viernes y lunes negros (nunca mejor dicho) que marcan el pistoletazo de salida del anticipo de nuestras compras navideñas.

A esta saturación hay que añadir nuestros propios clásicos: el turrón y el mazapán, el sorteo de Navidad, las cenas intensas y extensas de familia, los días señalados en cascada (Nochebuena, Navidad, segundo día de Navidad, Nochevieja, Año Nuevo… para terminar con nuestros queridos Reyes Magos que son como el coche escoba que anuncian el fin de los fastos y de los excesos.

Y es entonces cuando llega la resaca, ese agotamiento físico, mental y crediticio debido a esta carrera de obstáculos que corremos todos los años.

Es además la época de las buenas intenciones y de los buenos deseos para el año siguiente. Los clásicos de siempre: ir al gimnasio, dejar de fumar, empezar ese eterno curso de inglés… como si otra época del año no fuera buena y adecuada.

La verdadera Navidad significa sobre todo Esperanza.

Con todo, personalmente soy de la creencia que la Navidad significa esperanza, ese halo de fe en el ser humano para cambiar las cosas y alcanzar la paz y el equilibrio emocional con uno mismo como primer paso.

Todos necesitamos dar y recibir, obtener y proporcionar cariño, querer y sentirnos queridos, ser apreciados y valorados.

Somos imperfectos, SI, pero ante todo somos humanos y tenemos que sacar lo mejor de nosotros mismos sin egoísmo ni esperar nada a cambio. Quien nunca siembra siempre esperará en vano para recoger.

Aceptar lo diferente como un hecho natural y bienintencionado, saber que lo distinto también tiene un lugar en nuestro mundo y que siempre es mejor sumar que excluir.

Apartar de nosotros ese conjunto de creencias negativas y supremacistas que tanto daño han hecho y hacen, para dejar de escribir páginas negras de nuestra historia.

También hay que ser justos y rigurosos, empezando por nosotros mismos dando ejemplo, pero también exigiendo de los demás una oportunidad para el entendimiento y la comprensión ofreciendo lo mejor de cada uno de nosotros.

Saber alejarse de lo negativo y rechazar aquello que nuestra conciencia nos dice que no está bien, esa vocecilla interior a la que deberíamos escuchar en ocasiones con mayor atención.

Esta es la ESPERANZA de la que estamos hablando: poner en valor y en marcha todo lo bueno y positivo que tenemos los seres humanos, no solo en Navidad, sino como parte permanente de nuestras vidas.

Porque lo único y verdaderamente importante es Ser Feliz.

Las edades de la Navidad.

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LAS EDADES DE LA NAVIDAD.

Velas y Navidad

La Navidad, una celebración de sentimientos encontrados.

El día de Nochebuena de la Navidad de 1994 fue especialmente triste en casa de mis padres. Al abrigo de los reflejos ámbar y centelleantes de la lumbre, ahí estaba ÉL, apartado y ajeno al trajín y al ambiente bucólico que esta celebración siempre ha sido en el solar de los Valor-Becerra. Y mientras danzábamos sin ningún tipo de rubor con esa falta de compostura y de talento para el baile que siempre nos caracterizó, de vez en cuando, mi mirada se dirigía hacia ÉL y un profundo sentimiento de zozobra escarchaba mi ánimo.

ELLA, genio y figura pero con mucho más sentimiento tras esa fachada de irreductible e indomable gala, era la que más sufría en silencio y perseveraba con gran dificultad para que todo fuera “normal” desde el instante en el que la vida no lo era y la golpeaba con especial dureza.

Meses antes, cuando en un momento dado se ausentó, el doctor que atendía a mi padre en el hospital porque se había puesto de color amarillo de un día para otro, me espetó la mala nueva. Con la naturalidad de quien despacha una ración de porras con chocolate, me largó que no tenía solución y que iba a morir sin remedio. Me quedé totalmente ausente e inerte sin poder articular palabra.

Ya no estaba allí: me acababa de ir, mientras la voz del galeno languidecía y se perdía en el fondo.

En ese momento de conmoción no entendí nada, en esa falsa creencia que este tipo de desgracias siempre les ocurría a otros. Son esos instantes que te marcan a fuego y sangre para toda tu vida y te hacen envejecer a golpe de realidad.

En la melancolía de quien toma viaje en solitario de camino a casa, mis sensaciones eran un completo amasijo de sentimientos encontrados donde los porqués sin respuesta me acuciarían para siempre. Devorando el paisaje a golpe de acelerador, mi nueva perspectiva vital me hacía ver que todo había cambiado de tono y de luz, como en esa visión fotográfica cuando subes dos stops tu exposición.

Ya años atrás, tuve una sensación parecida cuando mi querida y respetada abuela política Rita, me confió, casi en el mismo sitio, que mi futuro suegro iba a morir. No pasaría de los 47 años.

Enterramos a mi padre al año siguiente y cada vez que pasamos esa nochebuena tradicional y perenne en casa de mi madre, me acuerdo de aquel rincón donde ÉL estaba, al abrigo de los reflejos ámbar y centelleantes de la lumbre el día de Nochebuena de 1994.

Con la fuerza cicatrizante del tiempo y con los recuerdos cada vez más distantes y desfigurados, te das cuenta como las preguntas sin respuesta ya no importan sino más bien aquellos grandes momentos que nunca ocurrieron. Cómo habría envejecido, cómo habría disfrutado en extremo de los grandes espacios de su querido campo, qué tal lo habría llevado como abuelo, qué hubiera pensado de nosotros en el devenir la vida…

Desde entonces, intento cubrir esos huecos con aquellos ladrillos que faltan en mi ideario como ser humano a fuerza de imaginación y de seguir los patrones que veo y observo a mi alrededor. Sé que no es perfecto ni verdadero, pero los seres humanos somos unos linces en la búsqueda de consuelo.

Navidad y melancolíaCon el transcurrir de la vida, la Navidad nos trae los tristes recuerdos de los ausentes, de esas personas que han sido realmente importantes para nosotros y que han modelado nuestra forma de ser y de estar, esa suma de creencias que nos hacen ser lo que somos, el cómo hemos llegado hasta aquí y que valores transmitimos a los que ya vienen detrás empujando.

Sé muy bien que no estoy solo en esto. Somos muchos los que, según van avanzando los años, experimentamos que la vida sigue su ritmo y que nosotros únicamente somos los dueños de los momentos que vivimos en primera persona.

Soy de la convicción que estos días deberían ser momentos de reflexión íntima y de recogimiento, para poner en valor realmente lo importante y darnos definitivamente cuenta de lo efímero y frágil de todo lo que nos rodea. Para que seamos especialmente positivos con lo que ya tenemos y disfrutar en la cercanía de todos aquellos que nos importan. ¿Para qué más? (Fantástico Ricardo Darín, sin palabras).

No es tristeza, NO, es reconocimiento de lo quebradizo que somos en un entorno hostil que engañosamente creemos controlar y con el que estamos en contante pugna desde que el hombre echó a andar como especie dominante del planeta.

La Navidad

La Navidad, como la vida, es una concatenación de etapas que fluyen de forma natural y que hay que sentir cada una de ellas en plenitud.

Para cuando se es niño, la Navidad es la felicidad que tan solo la virginidad de los sueños no rotos hace realidad.

Para cuando luego avanzamos veloces, la Navidad es esa mirada avispada y luminosa porque nos comemos el mundo intentado tomar posesión de nuestro espacio en él.

Para cuando cruzamos el ecuador imaginario de esta existencia prestada, la Navidad nos ayuda a mantener e inculcar aquellos valores de cuando éramos niños, a pesar de los platos rotos que hemos ido dejando atrás.

Y para cuando yendo pausadamente hacia el final de la aventura, la Navidad es también la capacidad de síntesis y de análisis de nuestro propio legado y del peso de nuestras mochilas, ese conjunto de experiencias, buenas y no tan buenas, que nos han traído hasta aquí.

Lo importante es compartir y sentir los momentos mágicos del Espíritu de la Navidad: Ser Todo lo Feliz que se pueda Ser en este Mundo compartiendo y exprimiendo cada Instante.

La Navidad: ese parque temático de la mercadotecnia.

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