LA MALA EDUCACIÓN (I)

– No sé para que sirve tanto estudiar y preocuparse de que los hijos aprendan, con la cantidad de parados que hay y tanto graduado sin trabajo. Total, todo ese esfuerzo de años y sufrimiento, ¿para qué? ¿Para rellenar sopas de letras y crucigramas? ¡Yaya pérdida de tiempo y de dinero baldío!

Cuando el cuñado de Juan lanzó esta misiva durante la sobremesa de ese último cónclave familiar, no era del todo consciente del efecto dominó y multiplicador que iba a tener en la mente de su propio cuñado, sentado (y situado) física y metafóricamente al otro extremo de la mesa.

Con el evidente riesgo que supone el generalizar, de todo y de todos se aprende, tanto de lo bueno, pero especialmente de lo menos bueno y, más aún, de lo malo. Incluso de la persona más simple, del más necio, incongruente, inepto, falaz y pusilánime, se puede extraer una rica enseñanza. Hasta del típico tonto que hay en cada pueblo o barrio podemos sacar algo.

Lo importante es estar ahí, como el fotógrafo callejero que siempre tiene su cámara lista y a mano, para captar una instantánea irrepetible. Sí no estás alerta y presente, tú te lo pierdes.

fotógrafo callejero

A nuestro protagonista le vino a la mente entonces el recuerdo de la charla TED, «Eres más inteligente que la empresa para la que trabajas», impartida por Javier Martínez (Consultor de la ONU y del Banco Mundial en el área de Gestión del Conocimiento), en la que ponía un claro ejemplo del escaso valor y utilidad de las cosas que supuestamente aprendemos durante nuestra época de estudiantes.

Planteada una integral como esa pregunta típica de un examen de matemáticas, se supone que nadie de los presentes tendría problemas en su solución, y más cuando la conferencia se impartía en una facultad de ingeniería. Sin embargo, nadie la resuelve. ¿Por qué? La respuesta del ponente es bien sencilla, lógica y poderosa a la vez:

«Lo grave no es que no sepamos resolver la integral, lo grave es que nunca hemos necesitado resolverla en la vida real.»

Porque el conocimiento, sí no tienes la motivación y la oportunidad de practicarlo, tiene fecha de caducidad y se transforma, con el tiempo, en un lejano y borroso recuerdo sin ninguna utilidad práctica. Sí no lo recuerdas significa que no has aprendido.

Nuestro sistema educativo, extenso, disperso y lento para los cambios, es claramente ineficiente e improductivo, porque NO EDUCA NI ENSEÑA esos conocimientos reales que necesitaremos practicar a lo largo de nuestra existencia cotidiana.

Al final de la etapa escolar, para muchos, todo se resume en una formación básica en saber leer, escribir y realizar cuatro sencillas operaciones matemáticas. ¿Por qué? Porque son sencillamente aquellas utilidades en las que tenemos la oportunidad de practicar todos los días de nuestras vidas.

educación ineficaz
Sistema educativo ineficaz y de muy baja productividad.

Entre los ciclos de infantil, primaria y secundaria (entre los 3 y los 16 años, sin entrar en etapas superiores), los chicos se tiran la friolera de 13 años x 175 días lectivos x 5 horas diarias de media para realmente aprender muy poco.

Por ejemplo, España es un claro ejemplo de país con un claro déficit generalizado en el dominio de idiomas extranjeros, especialmente del inglés, un problema crónico que hay que resolver cuanto antes, porque se trata, no nos engañemos, de la lengua franca y vehicular mundial.

Sí en un mundo cada vez más pequeño, reducido, cercano y globalizado necesitamos ser cada vez más competitivos, ¿a qué estamos esperando en dominar idiomas, por ejemplo?

La pregunta-resumen es la siguiente:

Sí te tiras desde los 3 hasta los 16 años recibiendo clases de inglés todas las semanas para finalmente haber aprendido los números, cuatro colores y quizá a preguntar la hora y poco más, pero sigues siendo un analfabeto en esa lengua, ¿el sistema educativo actual es realmente eficiente y práctico, cuando sigues siendo un cateto en esa asignatura a pesar de todo el tiempo transcurrido y del esfuerzo empleado?

Mientras tanto, nuestros políticos, a los que pagamos nosotros y que precisamente llevan muchos de ellos a sus retoños a colegios bilingües, se empeñan en dinamitarse entre ellos en perjuicio del resto, porque únicamente se sirven a ellos mismos. Eso sí, impulsar y forzar en muchos casos el aprendizaje de lenguas regionales, sí que es una tarea prioritaria con recursos a discreción. Nada que objetar aquí por mantener y potenciar la cultura propia, pero sin perder nunca de vista los objetivos más importantes y prácticos para el futuro de todos.

Junto con el ejemplo del inglés, sucede lo mismo con el resto de disciplinas, sean estas de ciencias o de letras. Al final no somos nada prácticos y los colegios se transforman en lugares donde los hijos simplemente están.

Todos aquellos que llegan a segundo de bachillerato, ¿realmente estudian para aprender? ¿O hincan bien los codos únicamente para aprobar y sobrepasar una línea de corte en la PAU?

¿Es este un sistema realmente justo para acceder a la profesión de tu vida? ¿Se valora realmente la vocación y las capacidades personales? ¿Y sí tienes un mal día durante un examen o estás enfermo?

Quien ha sufrido o ha tenido hijos en ese difícil año y a esa edad complicada, sabe de lo que estamos hablando. Desde el minuto uno, todo es una competición llena de exámenes, de estrés y de tensión para alcanzar un primer y principal objetivo: la universidad. Y el objetivo siguiente por parte del alumno, es perder de vista de una vez para siempre esas asignaturas peñazo que le obligaron a estudiar y que nada o poco tenían que ver con su futuro grado. Reseteo y borrado selectivo del disco duro. Una pena.

Entonces la gran pregunta es: ¿somos TONTOS por seguir manteniendo un sistema caro e ineficiente año tras año y década tras década? ¿Por qué no cambiamos el QUÉ, el CÓMO y el CUÁNDO?

Juan tiene dos compañeras de trabajo que suelen llegar a la oficina con una diferencia de cinco minutos. Tanto la una como la otra tienen una edad similar, estudios parecidos y ambas realizan trabajos administrativos de responsabilidad media. Y además viven en el mismo barrio.

Una de ellas, María, sale cinco minutos antes de casa, evitado así los semáforos más conflictivos, las vías más concurridas y en definitiva el momento de atasco puntual: ese que se produce todos los días, a la misma hora y en idénticos lugares durante todas las jornadas laborales. Siempre es así.

atasco

La otra, Elena, sale de casa cuando lo hacen casi todos, es decir, corriendo en tropel. Se traga el tapón de cada una de las rotondas, semáforos y cruces que encuentra en su trayecto, y cuando al final llegar a la oficina, está estresada, nerviosa y con el carácter alterado. Luego, más tarde, en el momento de la salida, ocurre el mismo proceso, pero en sentido inverso.

Repito entonces la gran pregunta anterior, pero de forma invidual: ¿Elena es TONTA porque no cambia el QUÉ, el CÓMO y el CUÁNDO, por tan solo cinco minutos de diferencia?

Un día Juan le preguntó a su compañera más tardona desde cuando estaba actuando de este modo. Ella, con la mayor naturalidad del mundo, le contestó que desde que entró a trabajar en la empresa, hace ya más o menos unos quince años.

Definitivamente, su apreciada Elena es realmente TONTA.

Nuestro sistema educativo no brilla precisamente en el mundo. Cada año, el informe PISA, aquel que mide el rendimiento de los alumnos en matemáticas, ciencia y lectura por países, nos deja siempre en un muy modesto lugar, lejos de nuestras verdaderas posibilidades y capacidades.

Ya en casa, no tenemos más que ver la alta tasa del llamado abandono y fracaso escolar, que no es más que en definitiva un gran suspenso general a nuestro sistema educativo.

Tenemos al enfermo, conocemos la patología, se sabe la cura y se tienen los medios. ¿Por qué entonces el paciente sigue hospitalizado, del mismo modo que Elena sigue atascada, año tras año, en la misma rotonda dando vueltas todos los días?

Como afirma el sentencioso cuñado de Juan: no todo el mundo debe o tiene que terminar sus estudios en la universidad. Es de perogrullo.

Lo que sí que es cierto, es que la escuela nos debería de enseñar otras cosas fuera de los libros: formarnos y educarnos para estar preparados para el futuro buscando nuestro acomodo en el mundo, intentando ser todo lo feliz que uno pueda ser en él.

La Mala Educación (II).

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