LA NAVIDAD: ESE PARQUE TEMÁTICO DEL MARKETING.

La Navidad, una celebración y un concepto que presta mucho de sí.

Todo cristiano, en la amplitud del término, tiene presente la Navidad y los elementos religiosos y más tradicionales que la rodean. Incluso para los agnósticos y ateos, que no dejan de ser precisamente agnósticos y ateos cristianos, estas fechas están cargadas también de gran significado.

 La imagen de la Navidad con el Belén

Los valores de la Navidad son un compendio de buenas intenciones que suelen quedarse en el intento.

Paz, amor, amistad, solidaridad, reconciliación, generosidad… nadie podrá decir que estas palabras contienen maldad alguna o que sean perversas. Valores universales reconocidos y consensuados que en estos días recuperan su protagonismo, como si formaran parte de una puesta en escena en la que tenemos que cumplir con nuestra propia conciencia.

El verdadero espíritu navideño es devorado por esa especie invasiva que es el consumismo y esa pertinaz manía que tiene el marketing de meternos constantemente la mano en el bolsillo creando necesidades dónde no las hay.

Cuando vas a un centro comercial y te das cuenta de que es entonces cuando “precisas comprar» en lugar de ir allí exclusivamente cuando realmente lo necesitas, ALGO FALLA. Actuamos al revés, sin lógica y de forma irreflexiva. Sí es muy barato y no lo “necesitabas antes», es impulsivo y muy caro, por mucho que queramos auto convencernos.

La Navidad y el consumismoMi buen médico y amigo de la familia, Dr. Ciro, hace años que me comentaba que uno de los grandes problemas médicos de nuestro tiempo era la depresión. Enfermedad esta que siempre había estado ahí pero que se había venido arriba con la opulencia y la “falsa necesidad” de querer más y la frustración por lo no conseguido. “Una de las nuevas patologías de las sociedades avanzadas de nuestro tiempo”, decía.

Haciendo un segundo agosto en invierno.

Las empresas y sus equipos comerciales trabajan muy a fondo ese gran coto de caza sutil que representa para ellos la Navidad. Época de gran tirón del consumo y del consumismo en el cual nuestro dinero, el que tenemos y el que no tenemos (plástico, préstamos…) fluye como riada hacia las corporaciones para la mejora de su cuenta de resultados.

Los “genios del marketing», esos filibusteros de guante de seda, nos ven y nos tratan como una masa aborregada y nos inducen y nos conducen hacia el redil que más les conviene. Una jauría enloquecida de lobos hambrientos de sonrisas amplias y resplandecientes que compite ferozmente entre sí, para ver quien se lleva a la guarida el mayor número de piezas. Todo sirve. Todo es válido. Todo es posible.

En el mundo de la apariencia, la imagen lo es todo.

Personas famosas que nos muestran esa fragancia barata que nunca se pondrán; esa modelo que se coloca el no sé qué encima y que es tan irreal como todas las capas de retoque fotográfico que lleva encima; o ese tipo al que admirábamos porque era especial y que termina promocionando un producto de lo más ordinario.

En la falsa Navidad todo es doble: sumar y sumar, querer y querer y tener y tener.

Las empresas lo saben muy bien y el jugar con los sentimientos del espíritu de la Navidad siempre es un valor seguro.

Todo se enfoca hacia el consumo y el frenesí del gasto. Los alumbrados públicos, la música navideña, los escaparates comerciales, el bombardeo sin cesar de las cuñas publicitarias, los centros comerciales clonados, los estrenos de cine más esperados… Incluso crece el número de pedigüeños, que, apelando también al espíritu navideño, también hacen su campaña.

Como en todo, la Navidad no escapa al fenómeno de la globalización.

Primero fue ese tipo gordinflón vestido de rojo y de aspecto poco saludable, a pesar de todas las horas extra que echa. Luego nos metimos en la vorágine del mundo de las cenas interminables (trabajo, cole, gym, amigos, vecinos…), mal augurio para esos kilos extra que nunca se terminan de ir. Más tarde llegaron el Black Friday y el Cyber Monday para quedarse, esos viernes y lunes negros (nunca mejor dicho) que marcan el pistoletazo de salida del anticipo de nuestras compras navideñas.

A esta saturación hay que añadir nuestros propios clásicos: el turrón y el mazapán, el sorteo de Navidad, las cenas intensas y extensas de familia, los días señalados en cascada (Nochebuena, Navidad, segundo día de Navidad, Nochevieja, Año Nuevo… para terminar con nuestros queridos Reyes Magos que son como el coche escoba que anuncian el fin de los fastos y de los excesos.

Y es entonces cuando llega la resaca, ese agotamiento físico, mental y crediticio debido a esta carrera de obstáculos que corremos todos los años.

Es además la época de las buenas intenciones y de los buenos deseos para el año siguiente. Los clásicos de siempre: ir al gimnasio, dejar de fumar, empezar ese eterno curso de inglés… como si otra época del año no fuera buena y adecuada.

La verdadera Navidad significa sobre todo Esperanza.

Con todo, personalmente soy de la creencia que la Navidad significa esperanza, ese halo de fe en el ser humano para cambiar las cosas y alcanzar la paz y el equilibrio emocional con uno mismo como primer paso.

Todos necesitamos dar y recibir, obtener y proporcionar cariño, querer y sentirnos queridos, ser apreciados y valorados.

Somos imperfectos, SI, pero ante todo somos humanos y tenemos que sacar lo mejor de nosotros mismos sin egoísmo ni esperar nada a cambio. Quien nunca siembra siempre esperará en vano para recoger.

Aceptar lo diferente como un hecho natural y bienintencionado, saber que lo distinto también tiene un lugar en nuestro mundo y que siempre es mejor sumar que excluir.

Apartar de nosotros ese conjunto de creencias negativas y supremacistas que tanto daño han hecho y hacen, para dejar de escribir páginas negras de nuestra historia.

También hay que ser justos y rigurosos, empezando por nosotros mismos dando ejemplo, pero también exigiendo de los demás una oportunidad para el entendimiento y la comprensión ofreciendo lo mejor de cada uno de nosotros.

Saber alejarse de lo negativo y rechazar aquello que nuestra conciencia nos dice que no está bien, esa vocecilla interior a la que deberíamos escuchar en ocasiones con mayor atención.

Esta es la ESPERANZA de la que estamos hablando: poner en valor y en marcha todo lo bueno y positivo que tenemos los seres humanos, no solo en Navidad, sino como parte permanente de nuestras vidas.

Porque lo único y verdaderamente importante es Ser Feliz.

Las edades de la Navidad.

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